La verdad es que andaba sin muchas ganas de felicitar la Navidad este año, entre otras cosas porque cada año decimos las mismas cosas, mandamos los mismos mensajes, hacemos los mismos propósitos y finalmente vivimos más o menos la Navidad como lo hemos hecho siempre. Pero este año no ha sido igual, tal vez porque me he hecho una pregunta diferente: ¿dónde he dejado nacer a Dios este año en mi vida y dónde ha nacido en la de los demás? Y he ido haciendo un repaso que quizás muchos compartáis.
Contemplé a Dios naciendo en enero en la solidaridad que abrazó a los afectados por el terremoto de Haití y volvió a nacer en la misma forma un mes después en Chile. ¿Dónde estaba Dios? Preguntaron algunos. Nacía allí donde la vida y la ayuda se abrían paso. Todos arrimamos un poco el hombro y Dios se hizo presente.
Vi nacer a Dios en las manos que en tantos lugares del mundo socorrieron a las víctimas de atentados, de riadas, de tifones, de sequías.
He visto como nacía Dios en la solidaridad de muchos que dieron de comer en medio de la crisis, o tendieron la mano a los emigrantes, o dedicaron su tiempo a los demás. En los que trabajaron por la paz, pero nunca en los que empuñaron un arma.
Dios se ha vuelto a hacer niño en muchas familias, algunas conocidas, que apostaron por la vida que nacía y ellos, mejor que nadie, vivirán la experiencia de la Navidad en sus hogares y verán con claridad la fuerza que hay en esa debilidad tan pequeña que es su hijo.
He visto a Dios nacer en los corazones de las madres que en el último momento borraron de su vocabulario la palabra aborto y la arrancaron del corazón para no dejarla entrar más.
Y he visto nacer a Dios en los niños. Siempre anda naciendo en sus sonrisas, sus travesuras, sus juegos, sus aventuras. Ha nacido cuando alguno aprendió a leer o escribir, al preguntar por las cosas que no sabía.
Ha nacido en personas que conocí y que en algún momento, con sus vidas, incluso con sus muertes, me hablaron del amor de Dios y me contaron lo grande que puede resultar asirse bien fuerte a su mano.
Es verdad que en muchos momentos Dios ha querido nacer en mí y yo, ignorante y ciego, no lo he visto. Pero ahí estaban las personas que me rodean para recordármelo. Mi familia, mi comunidad, mis hermanos, mis amigos, mis… Sí, tú también, tú que recibes esta carta has sido incluido en mi memorial navideño porque tu cercanía, tus palabras, tu presencia, tu apoyo, tu interés, me han hecho sentir la presencia callada de un Dios que me quiere a través de ti.
Lo más grande que podemos decir de Dios es que cabe en un pesebre y que puede vivir en cada uno de nosotros.
Gracias por estar ahí, gracias por dejarme ver a Dios y ojalá (palabra de origen árabe que significa “y quiera Dios”) yo haya podido hacer algo parecido.
Te deseo lo mejor y como lo mejor es Dios, te invito a que tú lo dejes nacer en ti y te hagas como él, pequeño y débil. Gracias por vivir la Navidad en esa clave diferente.
Feliz Navidad y que Dios te bendiga.






















































