
El tiempo de descanso va tocando a su fin y, quien más y quien menos, tiene ese moderno "trauma posvacacional" o "trauma pretrabajo". A quien se le acaban las vacaciones le vuelve el estrés del trabajo y las prisas, mientras que los que están parados ya querrían para sí ese estrés y la nómina que lo acompaña para llevar de comer a sus hijos.
Pero no he venido a hablar de eso. He titulado esta entrada "Unos días después" porque quiero, antes de comenzar con las cosas del nuevo curso pastoral, hacer una breve reflexión sobre lo vivido estos últimos días en la JMJ de Madrid.
Como yo, que ya no soy tan joven como quisiera, muchas personas hemos seguido estas jornadas en directo desde la comodidad de nuestros salones, pero eso tampoco es lo importante, así que voy al meollo de la reflexión.
Unos días después de terminadas las Jornadas Mundiales de la Juventud, todo el mundo hace balance de lo acontecido. Los organizadores dicen que todo ha transcurrido bien, que el éxito de asistencia ha sido importante, que los peregrinos han vivido con intensidad estas jornadas, que los católicos se han sacudido el miedo a manifestar la fe en público, que son muchos los jóvenes comprometidos, que son los peregrinos quienes han pagado todos o casi todos los gastos, que la ciudad de Madrid se ha visto beneficiada por el evento, que el calor ha sido asfixiante,... Más de millón y medio de personas lo ha vivido en directo y da testimonio de ello.
Unos días después, los que se manifestaban en contra de estas jornadas descansan de su oposición a los que llaman: ultracatólicos, pederastas, meapilas, ovejas sin criterio, irracionales reductos de una religión caduca,... Varios cientos de ellos lo vivieron en directo y siguen indignados porque los católicos los provocaban rezando.
Unos días después, los que lo vivimos desde los medios de comunicación, releemos cómo han tratado dichos medios el evento. Indiferencia y hostilidad por un lado, halagos y alabanzas por otro. Y es que la religión no deja indiferente a nadie. Los que no creen se asombran de que pueda reunirse a millón y medio de personas para rezar: no les cabe en su raciocinio y lo critican porque creían que habían relegado la fe al ámbito de lo personal. Los que sí creemos, vemos con esperanza el futuro de esta Iglesia santa y pecadora, porque hemos visto la capacidad de sacrificio de los jóvenes, sus ganas de vivir y celebrar la fe, su valentía ante las provocaciones y, sobre todo, hemos visto que el Espíritu sigue vivo en medio de los jóvenes y clama para que lleven el evangelio a todos los rincones del mundo.
Unos días después, todos deberíamos haber aprendido algunas lecciones valiosas: que es compatible un estado aconfesional y que sus ciudadanos profesen un credo religioso, que se puede convivir siempre que haya voluntad de acercamiento, que cada cual puede analizar las cosas según su punto de vista, que las opiniones deben ser diferentes de los datos y, sobre todo, que hay que buscar motivos de encuentro y diálogo y no motivos de enfrentamientos. Los que azuzan el odio, sean de uno u otro bando, hacen un flaco favor a la convivencia y al entendimiento.
Y por último, unos días después, hago y hacemos un llamamiento a vivir con la misma fuerza el resto del año. A vivir la fe a diario, a comprometerla en la vida, a solidarizarla con los desfavorecidos, a apostar por transformar el mundo siendo fermento de la masa. Los que decían que la Iglesia era una cosa para viejecitas y poco más han visto que no, que son muchos los jóvenes implicados. De todos depende seguir animando esa fe joven que requiere fórmulas nuevas de evangelización, modelos de santidad que imitar, espacios de encuentro, personas que acompañen y animen en los momentos de bajón, que llegarán. Unos días después no debemos olvidar que los que quieren eliminar la religión seguirán empeñados en hacerlo y que la única forma de combatirlos es con una vida de fe, transmitiendo esperanza y regalando amor. No al enfrentamiento, sí al encuentro.