
Manuel Barbal y Cosán nació en Enviny, provincia de Lérida y diócesis de
La Seo de Urgel, el 2 de enero de 1898. La familia era profundamente
cristiana, en la que cada día se rezaba el rosario y el ángelus, se
mostraba profunda caridad hacia los pobres y se santificaba el domingo
como el día del Señor.
Manuel diría más tarde: «Mi padre es un cristiano ejemplar y con mucho
sentido común; es optimista y lleno de confianza. Mi madre es una santa.
Siempre ha repartido amor. Hay almas que el Señor coloca junto a
nosotros para señalarnos el camino del cielo: es una de ellas».
Los primeros años de Manuel Barbal Cosán transcurrieron en medio de las
incomodidades y de las alegrías de un pueblo de montaña. Los trabajos
del campo, la hermosa vista de los Pirineos y sus abruptos picachos...
todo contribuyó a la formación de su carácter trabajador y serio,
sensible y lírico.
HACIA LA CONSAGRACIÓN RELIGIOSA
En enero de 1908 ingresó como alumno en el internado de los Lazaristas
en Rialb. En mayo de 1909 hizo la Primera Comunión. El Señor fue
haciendo germinar en su alma el deseo de consagrarse a El, y soñaba con
el sacerdocio. En su casa se sentían contentos, porque un consagrado era
una bendición de Dios para la familia.
En octubre de 1910 entró en el seminario de La Seo de Urgel, y en los
estudios obtuvo resultados excelentes. Pero por desgracia se manifestó
una progresiva sordera que constituía un serio obstáculo para el
ministerio sacerdotal. Tuvo que regresar a su casa, pero la llamada de
Dios no se había apagado. En cierta ocasión encontró a un Hermano de las
Escuelas Cristianas, que le habló del Instituto. «Eso me gusta», dijo, y
solicitó hacerse Hermano.
EN EL NOVICIADO DE IRÚN
Irún está situada cerca de la frontera francesa, en el golfo de Vizcaya.
Allí estaba en aquella época el Noviciado de los Hermanos, y muchos de
los moradores de la casa provenían de Francia. La lengua habitual en que
se hablaba era el francés, por lo tanto, antes de ir al noviciado,
Manuel fue enviado a Mollerusa para que estudiara la lengua del Fundador
de los Hermanos. En esta casa su entusiasmo se acrecentó: «Los Hermanos
me han hecho un buen regalo: su bondad», escribía a su casa.
El Noviciado de Irún estaba dirigido por el Hno. Junien-Victor, eminente
formador y futuro Superior General. Después de un mes de preparación
como postulante, Manuel Barbal recibió el Hábito religioso y un nuevo
nombre, como era habitual entonces: se llamaría Hermano Jaime Hilario.
El nuevo novicio era alto y más bien delgado, con cabello castaño.
Inteligencia clara, temperamento tranquilo y sencillo; siempre de buen
humor y tenaz en el trabajo y en el estudio. Para sus 19 años
manifestaba madurez poco común.
Su retrato interior se puede cifrar en esta frase suya: «Cada día Dios
es para mí más padre, guía, sostén, luz, fuerza y gozo». Sentía que
debía ser para los demás animador y testigo de la alegría: «La mejor
obra de misericordia en una comunidad consiste en animar, entusiasmar y
sembrar el buen humor».
LA EXPERIENCIA APOSTÓLICA
De 1918 a 1926 el Hno. Jaime Hilario desempeñó su actividad apostólica
en varios centros lasalianos. El primero fue Mollerusa, donde estuvo
cinco años. Al final del primer año, tanto los Hermanos como los alumnos
podían afirmar al unísono: «El Hermano Jaime Hilario es un buen maestro
y un santo». Para un principiante no era, desde luego, poca cosa.
En 1923 pasó a Manresa, y enseñó latín... Pero su sordera se
incrementaba y tuvo que desistir de dar clase; su ocupación fue la
huerta.
Estuvo después en Oliana, durante un año, y de allí pasó al internado
Sainte-Germaine, de Pibrac, en Francia, en el departamento de
Alta-Garona.
LA CONSAGRACIÓN DEFINITIVA
En sus notas personales hay una afirmación que no podemos pasar por
alto: "El Señor no me mostró las dificultades que me sobrevendrían
haciéndome Hermano, porque hubiera yo retrocedido; pero hoy no vendería
mi sotana por todo el oro del mundo. Por todo el pueblo de Enviny no
cambiaría mi género de vida". (Pibrac, 15-4-1928)
Esto muestra claramente que el camino seguido por Manuel no era, ni
mucho menos, fácil, y probablemente la sordera tuvo su importancia en
estas dificultades. Con todo, no olvidemos que Juan Bautista De La
Salle, al final de su vida, decía algo muy parecido: tampoco para él el
camino había sido liso...
El Hno. Jaime Hilario permaneció en Pibrac ocho años como catequista del
Noviciado, es decir, uno de los ayudantes del Hermano Director. Poseía
buena base espiritual y excelente preparación intelectual, además de sus
convicciones personales y de la tenacidad en el trabajo. Para los
novicios era modelo y estímulo.
En 1932 fue encargado de trabajar en el reclutamiento de vocaciones, es
decir, de encontrar muchachos que desearan seguir la vocación religiosa,
y orientarlos hacia la vida del Hermano. En su nuevo empleo recorrió
numerosos pueblos sembrando la semilla de la vocación, y obtuvo buenos
resultados. Pero la sordera se estaba convirtiendo en dificultad cada
vez mayor, y al fin tuvo que dedicarse de forma habitual a los trabajos
manuales en la huerta. En este trabajo su alma estaba unida al Señor,
que así le preparaba para el sacrificio supremo.
LA REVOLUCIÓN DE 1936
El Hno. Jaime Hilario fue detenido en Mollerusa un día que se dirigía a
Enviny. Fue dejado en libertad vigilada, confiado a la familia Badía,
que quedó profundamente impresionada por el total abandono del hermano
en las manos del Señor, manteniéndose en constante oración y mostrando
su celo catequístico con los niños de la casa.
Muy pronto fue sacado de aquella familia y llevado a la prisión de
Lérida, donde estuvo encerrado en la celda 31. Como procedía de
Cambrils, le llevaron al comité de Tarragona, que determinó encerrarle
en el barco-prisión "Mahón". Todo esto ocurrió en diciembre de 1936.
Habían determinado "juzgarle" en enero de 1937.
El abogado Montañés, que se encargó de su defensa le sugirió: "Basta que
declare que usted trabajaba como hortelano de la Comunidad... y que
usted no es religioso. Ciertamente le dejarán libre". El Hno. Jaime
Hilario confió después al Hermano Eusebio: "No podré entenderme con este
abogado... Yo no puedo disimular mi condición de religioso". Y sin
embargo, confesarse como tal era firmar la sentencia de muerte.
EL TRIBUNAL POPULAR
Para ayudar al Hermano Jaime Hilario, a causa de su sordera, el Hno.
Sorribas se colocó a su lado, para repetirle las preguntas del tribunal.
El razonamiento del fiscal era tan disparatado que es difícil
comprender que se puedan hacer afirmaciones semejantes: "Este fraile ha
estudiado latín y ha envenenado la conciencia de los niños; si no le
matamos, nos matará él..."
El abogado se esforzó por presentar al Hno. Jaime Hilario como un pobre
hombre, alejado de la política y empleado del convento. Y pidió al
Hermano que confirmara sus palabras. "No, -dijo el Hno. Jaime Hilario-,
yo soy un religioso, Hermano de las Escuelas Cristianas".
El presidente dijo: "Pues explique el acusado esta contradicción: ser
hortelano y fraile". "No hay ninguna contradicción, respondió. Mi
sordera me ha impedido continuar mi misión de educador".
Ese fue el proceso. Después de breve deliberación el tribunal le condenó
a muerte. Cuando estuvieron solos, preguntó al Hno. Sorribas qué habían
decidido. Su respuesta fue pasarse la mano por el cuello. "¿Cuándo?"
"No lo han dicho".
El Hno. Jaime pidió dos hojas de papel y escribió a su hermana y a su
sobrino: "He sido condenado por el tribunal popular. No os avergoncéis
de mí y no lloréis; no he hecho ningún mal. Rezad por mí y yo rezaré por
vosotros. Adiós, hasta el Cielo". La escritura era firme, sin ningún
temblor.
EL MARTIRIO
Los verdugos querían evitar que llegase la gracia que se había pedido, y
que llegó, en efecto, el 18 de enero de 1937, después de la ejecución.
Por eso, sólo dos días después, a las tres y media de la tarde, sacaron
de la cárcel al Hno. Jaime y lo llevaron a un bosquecillo, en la colina
llamada «La Oliva», cerca del cementerio.
Mientras esperaban que llegaran los miembros del tribunal, los
milicianos que formaban el pelotón de ejecución admiraban la
tranquilidad del Hermano. «¿Pero es que no te das cuenta de que te vamos
a matar?». Su respuesta fue la de un auténtico testigo de la fe:
«Amigos, morir por Cristo es reinar». Le colocaron de espaldas a una
cascada ya seca, el pelotón se colocó a tres metros de distancia. El
cruzó los brazos sobre el pecho y elevó la vista al cielo. El jefe del
pelotón gritó: «¡Fuego!». Y todos dispararon a su cuerpo. Pero ni un
solo proyectil le tocó.
El Hermano seguía en pie. El jefe, furioso, gritó de nuevo: «¡Fuego!». Y
de nuevo el Hermano siguió en pie. Los milicianos, espantados, tiraron
los fusiles y echaron a correr. El jefe, lleno de indignación y de odio,
sacó su pistola, se acercó al Hermano y le disparó en la sien. Fue
entonces cuando cayó al suelo.
Fue beatificado el 29 de abril de 1990 por el Papa Juan Pablo II, junto
con los Hermanos mártires de Turón y canonizado el 21 de noviembre de
1999.
Este texto fue tomado del Boletín del instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, Nº 244, 198